Envidia
Tengo casi todos los pecados y la penitencia que conllevan es la mayor o menor aceptación social, dicho de otro modo, la penitencia es el trabajo añadido de tener que camuflarlos para poder tener una existencia más o menos tranquila.
El inestable equilibrio entre las pulsiones interiores lo que, en última instancia, nos pide el cuerpo y las formas, los principios, los convencionalismos. Esto, aunque es una penitencia, es una penitencia llevadera, casi simbólica, porque, en el fondo, los pecados también son simbólicos, son solo un punto de vista.
Doy gracias al cielo porque en el reparto de los pecados, me ha dado todos y me ha librado del principal, la ENVIDIA, que, por añadidura, es un pecado totalmente inútil. El resto de los pecados encierran un punto de placer. La gula, la lujuria, son absolutamente placenteros, su ejercicio encierra disfrute, placer. La ira, es liberadora. La soberbia encierra autoafirmación y, a fin de cuentas, no es mas que el reflejo de un narcisismo exagerado. La pereza y la avaricia también encierran un cierto grado de aceptación de uno mismo. La pereza, ese recreo indolente en la dejadez, el abandono de alguna manera nos separa del mundo. La avaricia nos hace querer mas y mas, mejor dicho, se quiere todo y, todo para uno mismo.
Menos la envidia todos los pecados encierran un punto importante de hedonismo, de autosatisfacción, en ellos el hombre, de alguna manera, lo que busca es ser feliz, encontrarse bien. Representan el hombre como centro de todo, el hombre como fin en si mismo. Su satisfacción, la más baja y la más elevada, caben todas las lecturas.
Por el contrario la envidia es inútil, una consumición, el hombre se encierra en si mismo. No implica ningún tipo de acción o participación como sucede en el resto de los pecados. La envidia es el vacio que nunca se llena, la eterna insatisfacción. Siempre existirá algo o alguien mejor, siempre alguien tendrá algo que no estará a nuestro alcance o que por nuestra actitud seremos incapaces de alcanzar.
Pero… el efecto es mucho mas tremendo, nos impide disfrutar de lo que tenemos, no lo valoramos, valoramos y deseamos lo del otro, solo porque es del otro. Esto conduce inevitablemente a la destrucción, al vacio, a la esterilidad. Mientras que los otros pecados capitales, de alguna manera, conducen a la afirmación del yo, la envidia conduce a una negación constante. Lo demás siempre es mejor, los otros tienen más, a los otros los quieren mas, los otros llegan más lejos…
Da igual lo que se tenga o no, no se valora lo propio, no se disfruta. Solo se valora lo del otro y, una idea constante, la destrucción del otro. El envidioso acaba convirtiéndose en un ser absolutamente mediocre, solo preocupado en mirar a los demás, no se acepta a si mismo, no se ve, no ha sido capaz de crecer, por lo que mantiene las taras de la infancia. El afán de protagonismo, el exhibicionismo. Esa necesidad patológica que tienen de ser el centro les conduce al desarrollo de una manía persecutoria y una necesidad vital de destrucción de los demás. Como pasa siempre, una mentira repetida muchas veces acaba convirtiéndose en verdad, al final, todos están contra ellos porque son insoportables. Son las típicas personas que echan arena al motor. En su afán de yo o nadie, o mia o de nadie, acaban como un cáncer, destruyéndolo todo y destruyéndose. En este sentido igual que el cuerpo reacciona ante la enfermedad, la sociedad reacciona también conduciendo al aislamiento que no llega a ser total porque en algunos momentos, resultan útiles.
Al final hay que dar la razón al poeta español cuando escribió en los muros de la cárcel:
“ Hasta aquí la envidia y la mentira me trajeron/dicho de aquel estado del que se haya ni envidiado ni envidioso”



